Ya me he referido antes a este
libro ("Bésame mucho: cómo criar a tus hijos con amor", de Carlos
González), que no solo ha marcado mi experiencia como madre sino
también como ser humano, abriendo el horizonte de mi comprensión, de mi
empatía, de mi sentimientos de amor.
A pesar de ser un libro
enfocado a padres que están en la tarea de criar bebés o niños, me
parece que trasciende con creces su propio objetivo, pudiendo ser
disfrutado por cualquier persona.
Puesto que todos hemos sido
niños: niños tristes, alegres, sufrientes o felices, quizá llevamos un
poco de todo eso adentro, y es bueno volver al pasado a darle consuelo
a aquel niño sufriente que vive aun dentro de nosotros y que muchas
veces se manifiesta, o bien volver a sentir aquella sensación
confortable y plena que sentíamos al ser cuidados y queridos sin
límite. Podemos mirar el pasado como espectadores y agradecer a
nuestros padres por su cariño y paciencia, o perdonarlos por sus faltas
e ignorancias.
El día más feliz es el nombre del último
capítulo. El autor invita al lector a preguntarse cuáles fueron los
días más felices de su infancia.....
hagámonos este ejercicio !!! ...
En mi caso recuerdo con infinita
alegría los atardeceres en que mi madre se sentaba en el living con una
guitarra, a media luz, nosotras con mis hermanas tiradas en la alfombra
comenzábamos a oír su voz melodiosa al compás de los acordes. Era la
voz más bella que pudieramos imaginar, una diosa que lograba sacar
lágrimas de emoción, interpretando a Piero, Dyango, Sandro, Nicola
Dibari, etc. Mientras cantaba nos sonreía cariñosa, era el mejor regalo
que nos podía dar, y ella disfrutaba de su pequeño público como si
fuéramos una multitud.
¿ya pensaste en esos momentos?....como ayuda te dejo algunos recuerdos de algunas personas que aparecen en el libro :
"Uno
de los días más felices que puedo recordar tuvo, en realidad, un mal
comienzo. Tuve una pesadilla espantosa. Nada de monstruos ni hombres
del saco; soñé con una ostra. Una ostra enorme que sacaba a una perla,
también enorme, de su concha y no la dejaba volver a entrar. La pobre
perla expulsada me dio una pena enorme. Me desperté chillando,
auténticamente aterrorizada.
Yo debía tener unos cinco años y dormía
en una camita en la habitación de mis padres, que se despertaron,
naturalmente asustados con mis gritos. Mi madre me invitó a dormir en
su cama. Todos mis temores desaparecieron como por arte de magia, me
sentía enormemente feliz y segura. Nunca volví a tener un mal sueño.
Supe que siempre tendría un refugio, que siempre me protegería alguien."
"Debía
de tener seis o siete años cuando, corriendo a oscuras por la casa,
choqué con una puerta de cristal que siempre había estado abierta.
Quedó echa añicos a mis pies. Me pegué un susto de muerte y me hice un
pequeño corte en la frente. Pero no notaba ningún dolor; el miedo al
castigo me paralizaba. Mí padre vino corriendo, me sacó de entre los
vidrios rotos, me curó la herida, me miró de arriba abajo. Pero no me
riñó. Al principio temblaba, esperando a cada momento escuchar unos
gritos tremendos. Luego pensé que se había olvidado de reñirme e
intenté pasar desapercibido. Pero al final el asombro y la curiosidad
pudieron más y le pregunté aún lloroso: «¿No estás enfadado porque he
roto la puerta?». «No», contestó, «la puerta no importa, lo único que
me importa es que no te hayas hecho daño». "
Lindos momentos cierto? Carlos González deja también su propio recuerdo feliz:
"Yo,
por mi parte, recuerdo una tarde, creo que era domingo, cuando tenía
unos doce años. Vagaba aburrido por la casa. Mi madre me atrapó y me
dijo: «Ven, siéntate aquí, en mis rodillas, como cuando eras pequeño.»
Imagino que debí morirme de vergüenza, pero no logro recordar esa
vergüenza. Recuerdo, en cambio, que empezó a cantar muy suavemente:
Arrorró, mi niño chico, que viene el coco y se lleva...Apoyé mi cabeza
en su seno y me invadió una paz infinita. Casi me quedo dormido. Era
como volver a tener dos años.
La mayoría de la gente no recuerda
nada de su primera infancia. Yo sé lo que siente un bebé en brazos de
su madre porque tuve el enorme privilegio de volver a ser un bebé
durante media hora, a los doce años."
Si ya pensaste en esos
recuerdos, ahora podrás darte cuenta que la mayoría de estos recuerdos
tienen en común una cosa, en palabras de Carlos González:
"Los
días más felices de nuestra infancia son aquellos en que nuestros
padres (o nuestros abuelos, hermanos o amigos) nos hicieron felices.
Incluso cuando nos parece que nos hizo feliz un tren eléctrico, si
miramos mejor siempre hay personas detrás: los padres que nos lo
entregaron con una sonrisa o con un elogio....
Miramos a nuestros
hijos y nos preguntamos qué día, qué frase, qué aventura quedarán
grabadas en su memoria para siempre; qué dolores quedarán clavados en
su alma y qué alegrías guardará como un tesoro.
Los días más felices de su hijo están por venir. Dependen de usted."
Al
terminar de leer estas líneas no pude evitar derramar algunas lágrimas,
me genera un sentimiento que no es tristeza ni alegría, aunque tal vez
si es alegría...siento que ser padres y madres es un camino que nos
puede llevar a ser mejores personas si lo sabemos aprovechar, podemos
desarrollar el amor a un nivel superior, tenemos la posibilidad de
acrecentar la virtud de la comprensión, de la paciencia, el sacrificio,
la empatía, la humildad y el perdón.
Los hijos, y los niños en
general, son lo más hermoso que tenemos como humanidad, lo más puro y
bueno. Yo aprendo de mi hija cada día, ella me hace mejor persona con
cada sonrisa y cada llanto, me siento una nueva persona, como si
hubiese nacido de nuevo junto con ella.



Comentarios recientes
hace 2 días
hace 2 días
hace 2 días
hace 2 días
hace 4 días
hace 5 días
hace 5 días
hace 5 días
hace una semana
hace 2 semanas