
Los
niños creen en los padres. Cuando les decimos una y otra vez que son
encantadores, que son los príncipes o princesas de la casa, que son
guapos, listos, inteligentes y divertidos, se convierten en eso que
nosotros decimos que son. Por el contrario, cuando les decimos que son
tontos, mentirosos, malos, egoístas o distraídos, obviamente, responden
a los mandatos y actúan como tales. Aquello que los padres -o quienes
nos ocupamos de criar- decimos, se constituye en lo más sólido de la
identidad del niño.
Los niños no tienen más virtudes unos que otros. Ahora bien, el niño no


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